David Copperfield

David Copperfield

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Entre la monotonía de mi vida y el continuo temor de que se reanudara el curso, ¡cuán insoportable era mi agonía! Trabajaba todos los días con el señor Mell; y, como no estaban presentes ni el señor ni la señorita Murdstone, realizaba mis numerosas tareas sin tropiezos. Antes y después de mis lecciones, paseaba bajo la vigilancia, como he dicho, del hombre de la pata de palo. Con qué claridad recuerdo la humedad de la casa, las losas agrietadas y cubiertas de musgo del patio, el viejo y agujereado barril donde se recogía el agua de la lluvia, y los troncos descoloridos de algunos árboles, especialmente sombríos, que parecían haber sufrido más las inclemencias del tiempo y no haber podido secar sus ramas al sol. El señor Mell y yo almorzábamos a la una, en uno de los extremos del comedor largo y desnudo, lleno de mesas de pino y con un fuerte olor a grasa. Después, seguíamos haciendo ejercicios hasta la hora del té, que él bebía de una taza azul y yo de un pequeño bote de estaño. El señor Mell trabajaba todo el día, hasta las siete o las ocho de la tarde, sentado en su pupitre de la clase, en compañía de una pluma, un tintero, una regla, un montón de libros y papel de escribir, organizando las cuentas (según descubrí) del último semestre. Una vez que recogía todas sus cosas, al caer la noche, sacaba la flauta; y la tocaba tanto rato, y con tanto sentimiento, que yo tenía la impresión de que también él iba desapareciendo, poco a poco, por la boquilla de su instrumento, antes de esfumarse a través de las llaves.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker