David Copperfield
David Copperfield Me veo, tan pequeño, en aquella estancia débilmente iluminada, con la cabeza apoyada en la mano, escuchando la lúgubre música del señor Mell y estudiando las lecciones del día siguiente. Me veo, con los libros cerrados, escuchando aún la lúgubre música del señor Mell, y recordando con ella lo que antes era mi hogar y cómo soplaba el viento en las llanuras de Yarmouth; y me siento inmensamente triste y solitario. Me veo yendo a dormir a través de corredores vacíos; sentado encima de la cama, llorando desconsolado por Peggotty. Me veo, por la mañana, bajando al piso inferior y mirando por una ventana de la escalera –semejante a una larga y fea hendidura– la campana del colegio suspendida en lo alto del edificio, con una veleta encima; y pienso con espanto cuándo regresarán J. Steerforth y los demás alumnos. Y sólo hay una idea que me aterroriza más: el momento en que el hombre de la pata de palo abra con su llave el oxidado portón para dejar entrar al temible señor Creakle. No creo que yo pudiera resultar un personaje peligroso en ninguna de esas ocasiones; pero en todas ellas llevaría la misma advertencia en la espalda.