David Copperfield

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Así pues, me senté en mi dormitorio antes de acostarme y escribí a la joven. Le conté que había estado con Ham y que él me había pedido que le transmitiera lo que en su momento relaté en estas páginas. Se lo repetí fielmente. No hubiera sido necesario extenderme sobre ello, aunque hubiese tenido derecho a hacerlo. Ni yo ni nadie podíamos encarecer la profunda fidelidad y bondad de Ham. Dejé la carta fuera, a fin de que la enviaran por la mañana; añadí unas líneas para el señor Peggotty, rogándole que se la entregara a Emily; y me fui a la cama con las primeras luces del día.

Estaba más débil de lo que creía; y, como no logré conciliar el sueño hasta después de salir el sol, seguí acostado, sin poder descansar, hasta bastante tarde. Me despertó la presencia silenciosa de mi tía junto a la cabecera. Sentí su proximidad en medio de mis sueños, como supongo que hacemos todos en esos momentos.

–Trot, querido –me dijo, cuando abrí los ojos–, no acababa de decidirme a molestarte. El señor Peggotty está aquí; ¿le digo que suba?

Le contesté que sí, y éste no tardó en aparecer.

–Señorito Davy –exclamó, después de darnos un apretón de manos–, he entregado su carta a Emily y ésta es su respuesta; me ha rogado que le pida a usted que la lea y que, si no ve nada malo en ella, tenga la bondad de hacérsela llegar a Ham.


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