David Copperfield

David Copperfield

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–¿La ha leído usted? –quise saber.

Asintió tristemente con la cabeza. La abrí, y leí lo siguiente:

He recibido tu mensaje. ¡Oh, qué puedo escribir yo para agradecer tu bendita generosidad y tu bondad conmigo!

He guardado tus palabras junto a mi corazón. Las conservaré allí hasta mi muerte. Son espinas crueles, pero ¡me proporcionan tanto consuelo! He rezado al leerlas, ¡oh, he rezado tanto! Cuando veo cómo eres, y cómo es el tío, comprendo cómo debe de ser Dios, y me atrevo a llorar ante Él.

Y ahora, adiós para siempre. Adiós para siempre en este mundo, queridísimo amigo. Tal vez en el más allá, si soy perdonada, vuelva a despertar con la inocencia de un niño y pueda reunirme contigo. Con todo mi agradecimiento y mis bendiciones, ¡adiós para siempre jamás!

Y ésa era la carta, emborronada por las lágrimas.

–¿Puedo decirle que no ve nada malo en ella y que tendrá la bondad de hacérsela llegar a Ham, señorito Davy? –inquirió el señor Peggotty, cuando la hube leído.

–Por supuesto que sí –repliqué–, pero estoy pensando…

–¿Sí, señorito Davy?


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