David Copperfield

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–Estoy pensando que será mejor que vaya de nuevo a Yarmouth. Tengo tiempo de sobra para ir y volver antes de que zarpe el barco. No hago más que acordarme de Ham y de su soledad. Poner en sus manos esta carta escrita por Emily, en un momento como éste, y que usted pueda decirle a ella, en el instante de partir, que él la ha recibido, será algo bueno para los dos. Acepté solemnemente el encargo de Ham, pobre y querido muchacho, y cuanto haga para cumplirlo me parecerá poco. El viaje no es ninguna molestia para mí. Estoy muy nervioso, me sentará bien un poco de movimiento. Saldré esta misma noche.

A pesar de que trató de disuadirme, me di cuenta de que era de mi misma opinión; y, si yo hubiera necesitado que me alentaran un poco, aquello habría bastado. El señor Peggotty, a petición mía, se dirigió a las oficinas de la diligencia y me reservó un asiento en el pescante de la silla de posta. Salí al anochecer, en ese carruaje, por la carretera que había recorrido en medio de tantas vicisitudes.

–¿No cree que tenemos un cielo verdaderamente extraordinario? –pregunté al cochero en nuestro primer tramo fuera de Londres–. No recuerdo haber visto nada parecido.

–Tampoco yo… No, nada parecido. Es el viento, señor. Parece que se avecinan grandes desgracias en la mar.


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