David Copperfield

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Se veía una tenebrosa confusión de nubes errantes –manchadas aquí y allá de un color que se asemejaba al humo de la madera verde–, formando impresionantes cúmulos que parecían más altos que la distancia entre ellos y los más profundos abismos de la tierra; y la insensata luna parecía zambullirse impetuosa en aquel caos, como si, en una terrible perturbación de las leyes de la naturaleza, se hubiera extraviado y tuviese miedo. El viento había soplado durante todo el día, y en aquellos momentos arreciaba con extraordinaria violencia. Una hora después, su fuerza había aumentado, el cielo se había oscurecido y silbaba con furia.

A medida que avanzaba la noche, las nubes se cerraron y cubrieron todo el cielo, que se volvió completamente negro, y el viento siguió ululando cada vez más fuerte. Y alcanzó tal intensidad que nuestros caballos a duras penas podían avanzar. Muchas veces, en medio de las tinieblas (estábamos a finales de septiembre, cuando las noches no son cortas), los nobles brutos que iban en cabeza dieron media vuelta o se detuvieron en seco; y con frecuencia nos asaltó el temor de que el viento volcara el carruaje. Antes de que estallara la tormenta, llegaron fuertes ráfagas de lluvia, como chaparrones de acero; y, en esos momentos, cuando podíamos refugiarnos bajo un árbol o al socaire de algún muro, nos deteníamos de buen grado ante la imposibilidad de continuar la lucha.


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