David Copperfield
David Copperfield La tormenta seguía arreciando cuando amaneció. Yo había estado en Yarmouth cuando los marineros decían que soplaba un viento endemoniado, pero jamás había visto nada igual, ni siquiera parecido. Llegamos a Ipswich (con mucho retraso, pues, desde que estuvimos a diez millas de Londres, habíamos tenido que disputar al viento cada pulgada de camino) y encontramos a sus gentes apiñadas en la plaza del mercado; habían abandonado sus camas en mitad de la noche, temiendo que se cayeran las chimeneas. Algunos se congregaron en el patio de la posada, mientras cambiábamos los caballos, y nos contaron que el viento había arrancado grandes planchas de plomo del campanario de la iglesia y las había arrojado en una callejuela ahora intransitable. Otros nos hablaron de los campesinos que, al venir de los pueblos cercanos, habían visto árboles gigantescos arrancados de cuajo y almiares enteros desparramados por campos y caminos. Pero la tormenta no amainaba, sino que cada vez rugía con más violencia.