David Copperfield
David Copperfield Avanzamos con dificultad, cada vez más cerca del mar, desde donde aquel viento infernal soplaba en dirección a la costa, y su fuerza se hizo más y más aterradora. Mucho antes de divisar el agua, sentimos sus rociones en nuestros labios, y cayó sobre nosotros una lluvia salada. La marea estaba muy baja, y quedaban a la vista millas y millas de aquel vasto arenal pegado a Yarmouth; y el agua se agitaba con violencia en sus pozas y charcas, arrojando hacia nosotros sus pequeñas y furiosas olas. Cuando el mar apareció ante nuestros ojos, las olas, que veÃamos a intervalos en el horizonte por encima del abismo ondulante, daban la impresión de ser otra costa con sus torres y edificios. Finalmente, llegamos a la ciudad; y los vecinos salÃan de sus casas, ladeados y con los cabellos ondeando, asombrados de que la silla de posta hubiera podido abrirse camino en una noche como aquella.