David Copperfield

David Copperfield

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Reservé una habitación en la vieja posada, y me dirigí a la playa para contemplar el mar; tambaleándome por la calle, que estaba cubierta de arena, de algas y de retazos volantes de espuma de mar; temeroso de las tejas y pizarras que caían; aferrándome a las personas con que me cruzaba, en las esquinas menos protegidas. Al acercarme a la playa, vi no sólo a los marineros sino a la mitad de los habitantes de Yarmouth, al socaire de los edificios; algunos desafiaban de vez en cuando la furia de la tormenta para mirar mar adentro, y el viento los desviaba de su camino cuando regresaban haciendo zigzag.

Me uní a aquellos grupos; y encontré mujeres que lloraban porque sus maridos habían salido a pescar arenques y ostras, y ellas pensaban, con razón, que sus botes se habrían ido a pique antes de conseguir ponerse a salvo. Había entre la gente viejos marinos de cabellos grises que movían la cabeza, mientras miraban el mar y el cielo y hacían comentarios entre sí; armadores, nerviosos y preocupados; niños que se apiñaban y escrutaban el rostro de sus mayores; e incluso rudos marineros, inquietos y angustiados, que, desde sus lugares de refugio, apuntaban con sus catalejos hacia el mar, como si estuvieran vigilando a un enemigo.



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