David Copperfield
David Copperfield Aquel mar embravecido, cuando logré detenerme a mirar el oleaje, en medio del viento huracanado y de un torbellino de piedras y de arena, me dejó estupefacto. La más insignificante de las gigantescas murallas de agua que avanzaban hacia nosotros y, al llegar a su punto más alto, se desplomaban, convirtiéndose en espuma, parecía capaz de tragarse toda la ciudad. Cuando la ola se retiraba con un ronco rugido, parecía dejar profundas cavidades en la playa, como si quisiera socavar la tierra. Cuando algunas de aquellas montañas de cresta blanca bramaban y se hacían pedazos antes de llegar a tierra, cada uno de sus fragmentos parecía poseído por toda la fuerza de su ira y corría a fundirse con otro monstruo. Las colinas onduladas se transformaban en valles, los valles ondulados (por los que a veces pasaba volando a baja altura un solitario petrel) se alzaban hasta convertirse en colinas; masas de agua temblaban y sacudían violentamente la orilla con el sonido de un trueno, y todas aquellas formas avanzaban tumultuosamente, desplazándose y cambiando sin cesar su fisonomía; la costa imaginaria se elevaba y descendía en el horizonte con sus torres y edificios, y las espesas nubes se movían a gran velocidad. Tuve la impresión de asistir al desgarramiento y cataclismo de toda la naturaleza.