David Copperfield

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Al no encontrar a Ham entre la gente que aquel temporal memorable (pues todavía lo recuerdan como el más violento que ha azotado esas costas) había congregado en la playa, decidí ir a su casa. Estaba cerrada; como nadie respondió a mi llamada, me dirigí por callejuelas y pequeños senderos hasta el astillero donde trabajaba. Allí me contaron que se había ido a Lowestoft, donde ciertas reparaciones urgentes precisaban de su habilidad; pero que volvería al día siguiente, muy temprano.

Regresé a la posada; y, después de haberme lavado y vestido, y de haber intentado dormir en vano, eran las cinco de la tarde. No llevaba ni cinco minutos sentado junto a la chimenea de la sala cuando el camarero vino a atizar el fuego, como una excusa para entablar conversación, y me dijo que dos carboneros se habían hundido con toda su tripulación a pocas millas de distancia; y que habían visto otros barcos en la rada, luchando desesperadamente por no acercarse a la costa.

–¡Que Dios se apiade de ellos y de todos los pobres marineros si tenemos otra noche como la de ayer! –exclamó.




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