David Copperfield

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Después de abandonar la habitación, volví rápidamente sobre mis pasos para tocar la campanilla, a fin de avisar antes a los criados. Rosa Dartle había cogido en sus brazos a la figura impasible y, siempre de rodillas, derramaba lágrimas sobre ella, la besaba, pronunciaba su nombre, la acunaba en su pecho como a una niña, e intentaba despertar sus aletargados sentidos con toda clase de manifestaciones de ternura. Como ya no temía dejar a la señora Steerforth, salí de nuevo sin hacer ruido e informé a los criados.

Regresé más tarde ese mismo día, y depositamos a Steerforth en la habitación de su madre. Me dijeron que ésta seguía igual, y que la señorita Dartle no se apartaba de su lado. Varios médicos la atendían y habían probado numerosos fármacos; pero ella yacía como una estatua, salvo por el sordo gemido que profería de vez en cuando.

Recorrí la triste casa y cerré todas las ventanas. Dejé para el final la del cuarto donde él descansaba. Levanté su mano de plomo y la puse sobre mi corazón; y no hubo nada en el mundo que no fuera muerte y silencio, sólo turbados por los lamentos de su madre.



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