David Copperfield
David Copperfield –Y si los errores de su hijo… –empecé a decir.
–¿Errores? –gritó la señorita Dartle, deshaciéndose en lágrimas–. ¿Quién se atreve a calumniarlo? ¡ValÃa mil veces más que los amigos que se rebajaba a tratar!
–Nadie puede haberlo querido más, y nadie puede recordarlo con tanto cariño como yo –repliqué–. Lo que querÃa decir es que, si usted no siente compasión por su madre, o si sus errores… que usted ha criticado con dureza…
–¡Es falso! –exclamó, mesándose los cabellos negros–. ¡Yo lo amaba!
–… no pueden borrarse de su memoria, en un momento semejante, ¡mire a esta mujer como si la viera por primera vez y acuda en su ayuda!
La señora Steerforth continuaba en la misma postura, como si estuviera paralizada. RÃgida, inmóvil, con la mirada perdida, proferÃa de vez en cuando el mismo gemido sordo, acompañado del movimiento de impotencia de la cabeza; pero no daba otras señales de vida. La señorita Dartle se arrodilló de pronto ante ella y empezó a desabrocharle el vestido.
–¡Maldito sea! –dijo, volviéndose hacia mà con una expresión en la que se mezclaban la ira y el dolor–. ¡En mala hora se le ocurrió venir a esta casa! ¡Maldito sea! ¡Márchese!