David Copperfield

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–Y me convertí, como tendría que haber adivinado, si no me hubiese fascinado con su galanteo juvenil, en una muñeca, en un juguete con el que entretenerse cuando no tenía nada que hacer, y que podía tirar y volver a recoger, según su inconstante estado de ánimo. Cuando él se cansó, yo me cansé. Cuando dejó de estar encaprichado conmigo, yo no traté de fortalecer el poder que tenía sobre él, como tampoco hubiera consentido en convertirme en su mujer si le hubieran obligado a casarse conmigo. Nos alejamos sin decirnos una palabra. Tal vez usted se dio cuenta y no lo lamentó. Desde entonces, no he sido más que un simple mueble desfigurado entre ustedes dos; sin ojos, sin oídos, sin sentimientos, sin memoria. ¿Está llorando? Pues llore por lo que hizo de él, no por su amor. ¡Le repito que hubo un tiempo en que le amé más de lo que nunca le amó usted!

Rosa Dartle dirigió su mirada brillante y colérica hacia aquellos ojos desorbitados y aquel semblante inexpresivo; y, al oír un nuevo gemido, ni siquiera se ablandó, como si en vez de un rostro estuviera contemplando un retrato.

–Señorita Dartle –dije–, si su corazón es tan duro que no es capaz de compadecerse de esta afligida madre…

–¿Y quién se compadece de mí? –replicó con aspereza–. Ella sembró esto. ¡Que llore por la cosecha que hoy recoge!


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