David Copperfield
David Copperfield Se había provisto, entre otras cosas, de un traje completo de tela encerada y de un sombrero de paja, muy bajo de copa y cubierto de brea o de alquitrán. Cuando se paseaba con aquella ruda vestimenta y un catalejo bajo el brazo, levantando los ojos al cielo con aire de entendido, como si buscara signos de mal tiempo, resultaba mucho más náutico que el señor Peggotty. Toda la familia Micawber, por expresarlo de algún modo, estaba preparada para entrar en acción. La señora Micawber lucía el sombrero más rígido y ajustado que uno pueda imaginar, atado con firmeza por debajo de la barbilla, e iba envuelta en un chal como si fuera un fardo (al igual que yo el día en que mi tía me acogió por primera vez en su casa de Dover), fuertemente anudado por detrás, a la altura del talle. La señorita Micawber también se había abrigado para hacer frente a las peores tempestades; y no había nada superfluo en su vestido. El señorito Micawber parecía haber desaparecido bajo su jersey de Guernsey y unos pantalones enormes del más basto tejido; y los pequeños iban metidos, como conservas, en recipientes impermeables. Tanto el señor Micawber como su hijo mayor llevaban las mangas dobladas sobre los puños, como si estuvieran dispuestos a echar una mano en cualquier parte, y a subir al palo o gritar: «¡Eoooh! ¡Izad las velas!», a la menor señal.