David Copperfield
David Copperfield El señor Micawber bajó inmediatamente al bar, donde parecía sentirse a sus anchas; y regresó, al cabo de un rato, con un jarro humeante. No pude evitar fijarme en que había pelado los limones con su propia navaja, que, como convenía a un colono experimentado, tenía al menos un pie de largo; y que ahora se la limpiaba, de un modo ostentoso, en la manga. Me di cuenta de que la señora Micawber y los dos hijos mayores también poseían aquellos instrumentos formidables, mientras que cada uno de los niños llevaba una cuchara de madera sujeta al cuerpo con un fuerte cordel. Y a fin de prepararse para la vida a bordo o en las tierras despobladas, el señor Micawber, en vez de servir el ponche a la señora Micawber y a sus dos hijos mayores en vasos de vino, lo que podría haber hecho sin dificultad, pues había un estante lleno en el cuarto, se lo sirvió en unos horribles cubiletes de hojalata; y jamás le había visto disfrutar tanto como cuando bebió de su propio cubilete y volvió a guardarlo en el bolsillo al finalizar la velada.
–Abandonamos los lujos de nuestra antigua patria –exclamó el señor Micawber, como si aquella renuncia le causara una enorme satisfacción–. Los habitantes de los bosques no pueden aspirar a los refinamientos del país de los hombres libres.
En ese instante, un muchacho vino a decir al señor Micawber que le esperaban abajo.