David Copperfield

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–Así es, señora. El barco descenderá por el río con la marea. Si el señorito Davy y mi hermana suben a bordo en Gravesend, al día siguiente por la tarde, podrán vernos por última vez.

–Allí estaremos –respondí–, ¡cuente con ello!

–Hasta ese momento, y hasta que nos encontremos en el mar –dijo el señor Micawber, dirigiéndome una mirada cómplice–, el señor Peggotty y yo vigilaremos juntos nuestros enseres y nuestros bienes. Emma, mi amor –exclamó, aclarándose la garganta con su habitual exageración–, mi amigo el señor Thomas Traddles ha tenido la amabilidad de solicitarme, al oído, permiso para encargar los ingredientes necesarios para la elaboración de una cantidad moderada de esa bebida especialmente asociada en nuestros recuerdos al rosbif de la vieja Inglaterra. Hablo… en una palabra, del ponche. En circunstancias normales, vacilaría antes de pedir su consentimiento a la señorita Trotwood y a la señorita Wickfield, pero…

–Lo único que puedo decir, señor Micawber –le interrumpió mi tía–, es que será un verdadero placer para mí beber por su felicidad y por su fortuna.

–¡Y también para mí! –exclamó Agnes, con una sonrisa.


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