David Copperfield

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–Emma –le replicó–, en un momento como éste, nadie podría resistirse a tu forma de plantear la cuestión. No puedo prometerte, ni siquiera ahora, que me arrojaré en brazos de los tuyos; pero no seré yo quien enfríe el caluroso entusiasmo del miembro de tu familia que me está esperando.

El señor Micawber salió de la habitación y estuvo ausente unos minutos, en los que la señora Micawber pareció temer que su marido se hubiera enzarzado en una discusión con aquel pariente. Finalmente, volvió a aparecer el mismo muchacho de antes, y me entregó una nota escrita a lápiz, cuyo encabezamiento, siguiendo la fórmula legal, rezaba: «Heep contra Micawber». Me enteré por este documento de que el señor Micawber acababa de ser arrestado de nuevo y se hallaba en el paroxismo final de la desesperación; me suplicaba que le enviase con el muchacho su navaja y su cubilete de hojalata, que podrían serle útiles en la cárcel durante el poco tiempo que le quedaba de vida. Me pedía, asimismo, como última prueba de amistad, que acompañara a su familia al hospicio de la parroquia, y que olvidase que hubiera siquiera existido alguien como él.




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