David Copperfield
David Copperfield –Si tienen oportunidad de escribir a Inglaterra durante la travesÃa, señora Micawber –dijo mi tÃa–, no dejen de enviarnos noticias.
–Mi querida señorita Trotwood –repuso–, no sabe cuánto me alegrará saber que alguien espera noticias nuestras. Les escribiré sin falta. ConfÃo en que el señor Copperfield, como viejo amigo de la familia, no tenga inconveniente en recibir, de vez en cuando, noticias de alguien que lo conoció cuando los mellizos aún no tenÃan conciencia de nada.
Le contesté que esperaba que me escribiera siempre que tuviese ocasión.
–Si Dios quiere, no nos faltarán ocasiones –dijo el señor Micawber–. El océano, en nuestros dÃas, está repleto de barcos; estoy seguro de que nos cruzaremos con muchos. No es más que una pequeña travesÃa –aseguró, jugando con su monóculo–, no es más que una pequeña travesÃa. La distancia es completamente imaginaria.
Se me ocurre pensar qué extraño era, y al mismo tiempo qué maravillosamente tÃpico del señor Micawber, haberle oÃdo hablar de un viaje de Londres a Canterbury como si se dirigiera al fin del mundo, mientras que la travesÃa entre Inglaterra y Australia le parecÃa una pequeña excursión a través del canal de la Mancha.