David Copperfield
David Copperfield Incluso se permitió a los niños meter sus cucharas de madera en el cubilete del señor Micawber, y beber a nuestra salud su contenido. Después de esto, Agnes y mi tía se levantaron y dijeron adiós a los emigrantes. Fue una despedida muy triste. Todos lloraban; los niños se aferraron a Agnes hasta el último instante; y dejamos a la pobre señora Micawber en un estado lamentable, sollozando y llorando a la pálida luz de una vela, que, desde el río, debía de conferir a la habitación el aspecto de un faro miserable.
Volví a la mañana siguiente para ver si se habían marchado. Habían partido en un bote a las cinco de la mañana. Fue un asombroso ejemplo para mí del vacío que dejan esa clase de despedidas, pues, aunque mi asociación de los emigrantes con la destartalada posada y los escalones de madera databa sólo de la noche anterior, ambos lugares me parecieron tristes y desiertos, ahora que ellos se habían ido.
Al día siguiente por la tarde, mi vieja niñera y yo fuimos a Gravesend. Encontramos el barco en medio del río, rodeado de una multitud de embarcaciones; el viento era favorable, y la señal de zarpar ondeaba en lo alto del palo. Me apresuré a alquilar un bote y nos dirigimos al buque; después de abrirnos paso entre aquel remolino de confusión del que él era el centro, subimos a bordo.