David Copperfield

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–Amor mío –exclamó el señor Micawber–, no puedo evitar sentirme emocionado por tu cariño. Siempre estoy dispuesto a respetar tu buen juicio. Lo que tenga que ser… será. ¡No quiera el Cielo que yo escatime a mi país natal la riqueza que hayan acumulado mis descendientes!

–Todo eso está muy bien –dijo mi tía, haciendo una señal con la cabeza al señor Peggotty–, y yo brindo por ustedes, ¡para que les acompañen toda clase de éxitos y de bendiciones!

El señor Peggotty dejó en el suelo a los dos niños que tenía en sus rodillas, a fin de unirse al señor y a la señora Micawber y brindar, a su vez, por todos nosotros; y, cuando él y los Micawber se estrecharon calurosamente la mano, y su rostro curtido se iluminó con una sonrisa, supe que se abriría camino, que se forjaría una buena reputación y que sería amado, dondequiera que fuese.






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