David Copperfield
David Copperfield Era un lugar tan extraño para mí, tan cerrado y tan oscuro, que, al principio, no pude distinguir nada; pero, poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y tuve la impresión de formar parte de un cuadro de Ostade.[119] Entre los enormes baos, mamparos y cáncamos del barco, las literas de los emigrantes, los baúles, fardos, barriles y montones del más variado equipaje –iluminados aquí y allá por farolas suspendidas, y en otras partes por la amarillenta luz del día que entraba a través de manguerotes o escotillas–, se amontonaban grupos de gente, que entablaban nuevas amistades, se despedían, hablaban, reían, lloraban, comían y bebían. Algunos se habían instalado ya en el escaso espacio que les correspondía, con sus enseres en orden y sus diminutos niños sentados en taburetes o en minúsculas sillitas; otros habían perdido la esperanza de encontrar donde asentarse y vagaban desconsolados de un lado a otro. Desde bebés que no tenían más que una semana o dos de vida, hasta hombres y mujeres, viejos y encorvados, a los que sólo parecía quedar por delante ese mismo espacio de tiempo; desde labradores que llevaban físicamente en sus botas la tierra de Inglaterra, hasta herreros que llevaban en la piel las muestras de su hollín y de su humo; era como si todas las edades y profesiones se apiñaran en el reducido espacio del entrepuente.

Los emigrantes