David Copperfield
David Copperfield Al mirar a uno y otro lado, creí ver, sentada junto a un portillo abierto y en compañía de uno de los pequeños Micawber, la silueta de una joven que se parecía a Emily. Lo primero que había llamado mi atención había sido otra figura femenina que se despedía de ella con un beso y que, alejándose silenciosamente entre todo aquel tumulto, ¡me recordó a Agnes! Pero en medio de tanto movimiento y confusión, y de la agitación de mis propios sentimientos, la perdí de vista. Comprendí entonces que había llegado el momento de que los visitantes abandonaran el buque. Mi niñera lloraba, sentada en un baúl a mi lado; y la señora Gummidge, con la ayuda de una joven de negro que estaba de espaldas, se afanaba en colocar los bienes del señor Peggotty.
–¿Queda alguna cosa por decir, señorito Davy? –dijo éste–. ¿Nos hemos olvidado de algo?
–¡Sí! –contesté yo–. ¡De Martha!
El señor Peggotty tocó el hombro de la joven que acabo de mencionar, y Martha se irguió ante mí.
–¡Que Dios le bendiga, buen hombre! –exclamé–. ¡La lleva con ustedes!
Ella respondió por él deshaciéndose en lágrimas. La emoción me impidió hablar, pero estreché con fuerza la mano del señor Peggotty; y, si alguna vez he querido y respetado a un hombre con toda el alma, ha sido a él.