David Copperfield
David Copperfield El barco se vaciaba rápidamente de visitantes. Todavía me quedaba por cumplir mi deber más penoso. Le transmití el mensaje que aquel noble espíritu que nos había abandonado para siempre me había dado para el momento de su partida. Se sintió profundamente conmovido. Pero cuando me encargó que transmitiera su cariño y su dolor a aquellos oídos que ya no podían oír, mi emoción fue aún más intensa que la suya.
Había llegado la hora. Abracé al señor Peggotty, cogí del brazo a mi desconsolada niñera y me alejé rápidamente. En la cubierta, me despedí de la pobre señora Micawber. Incluso entonces, seguía buscando como una loca a su familia; y lo último que me dijo fue que ella nunca abandonaría al señor Micawber.
Saltamos a nuestro bote desde el costado, y nos quedamos a escasa distancia para ver cómo el barco se hacía a la vela. El sol estaba a punto de ocultarse, sereno y radiante. La nave se hallaba entre nosotros y la luz rojiza del crepúsculo; y cada uno de sus mástiles y de sus vergas se recortaba sobre aquel resplandor. Jamás he visto nada más hermoso, ni que inspirara más tristeza y esperanza al mismo tiempo, que aquel magnífico barco, inmóvil sobre las aguas escarlatas, con todas las criaturas que llevaba a bordo agolpadas en la amurada, reunidas unos instantes en silencio y con la cabeza descubierta.