David Copperfield
David Copperfield Pero el silencio duró muy poco. Cuando las velas empezaron a portar y el barco se movió, de las pequeñas embarcaciones se elevaron clamorosos vítores que repitieron los emigrantes, y que siguieron lanzándose unos a otros como un eco. Me dio un vuelco el corazón al oír aquellos gritos, y al contemplar el modo en que agitaban sombreros y pañuelos… ¡y entonces la vi a ella!
La vi temblorosa al lado de su tío, apoyada en su hombro. El señor Peggotty nos señaló con ímpetu; y ella nos divisó, y me dijo su último adiós con la mano. ¡Sí, Emily, lánguida y hermosa, aférrate a él con toda la confianza de tu corazón herido; pues él se ha aferrado a ti con todo el poder de su desbordante amor!
Envueltos en la luz rosada, y descollando los dos juntos y solos sobre la cubierta, ella agarrándose a él y él sosteniéndola, se alejaron solemnemente. La noche había caído sobre las colinas de Kent cuando nos llevaron remando a tierra… y lo cierto es que también había caído sobre mi corazón, lúgubre y oscura.