David Copperfield
David Copperfield Estaba en Suiza. Había salido de Italia por uno de los grandes pasos de los Alpes y vagaba desde entonces con un guía por los senderos de las montañas. Si aquellas terribles soledades decían algo a mi alma, era incapaz de advertirlo. Había algo sublime y fascinante en aquellas pavorosas alturas y precipicios, en aquellos torrentes que rugían, en aquellas inmensidades de hielo y nieve; pero todavía no me habían enseñado nada.
Llegué una tarde, poco antes de la puesta de sol, a un valle donde debía pasar la noche. Mientras bajaba un sinuoso camino por la ladera de la montaña, me invadió una débil sensación de belleza y de serenidad que llevaba mucho tiempo olvidada, una especie de sosiego nacido de la calma de aquel valle que yo veía brillar en la distancia. Recuerdo que me detuve una vez, con un sentimiento de tristeza que no era angustioso ni desesperado. Recuerdo que tuve casi la esperanza de que se obrara en mí algún cambio.