David Copperfield

David Copperfield

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Entré en el valle en el momento en que el sol poniente resplandecía en las lejanas cumbres nevadas, que lo rodeaban como nubes eternas. Las faldas de las montañas que formaban la garganta donde se asentaba la pequeña aldea eran verdes y frondosas; y por encima de esa tierna vegetación crecían bosques de oscuros abetos, hendiéndose como cuñas en los fríos ventisqueros y deteniendo el alud. Más arriba, se elevaban riscos escarpados, rocas grises, hielos luminosos y suaves manchas de verdes pastizales, que iban fundiéndose poco a poco con la nieve que coronaba las cimas. Aquí y allá, en las laderas de las montañas, se veían unos puntos diminutos, cada uno de ellos un hogar, unas casitas solitarias de madera, tan empequeñecidas por las alturas que las rodeaban, que resultaban minúsculas hasta para servir de juguete. También daba esa impresión la aldea del valle, con sus casas apiñadas y su puente de madera, bajo el que pasaba el torrente, saltando de roca en roca hasta desaparecer con estruendo entre los árboles. En medio del aire tranquilo se elevaba un canto lejano: las voces de los pastores; pero, cuando una nube crepuscular avanzó flotando a media altura, casi tuve la impresión de que aquel sonido salía de ella y de que no era una música terrena. De pronto, en medio de tanta serenidad, me habló la gran voz de la naturaleza; y me invitó a descansar mi fatigada cabeza sobre la hierba, ¡y a llorar como no había llorado desde la muerte de Dora!


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