David Copperfield
David Copperfield Había pensado mucho y con frecuencia en la imagen que había esbozado mi Dora de lo que habría podido ocurrir en los años que ya no nos pondrían a prueba; había meditado sobre cómo algunas cosas que jamás llegan a suceder son a menudo tan reales para nosotros, en sus consecuencias, como las que sí han sucedido. Esos años de los que ella había hablado se habían convertido en una realidad destinada a corregirme; y lo habrían hecho de todos modos, aunque quizá un poco más tarde, si Dora y yo nos hubiésemos separado en los primeros momentos de nuestra locura. Me esforcé por transformar lo que hubiera podido existir entre Agnes y yo en un medio para ser más bondadoso, más resuelto y más consciente de mí mismo, de mis defectos y de mis errores. De ese modo, di tantas vueltas a lo que podría haber sido, que llegué a la convicción de que nunca podría ser.
Ésas fueron, con sus perplejidades y sus contradicciones, las arenas movedizas de mi alma desde el momento de mi partida hasta que regresé a casa, tres años más tarde. Un atardecer, tres años después de que zarpara el barco de los emigrantes, me encontré, a la misma hora del crepúsculo y en el mismo lugar, en la cubierta del paquebote que me traía de vuelta a Inglaterra, contemplando las aguas rosadas donde había visto reflejada la imagen de aquella otra nave.