David Copperfield

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Como estaba deseoso, sin embargo, de ver a mi querido amigo, acabé con presteza la cena, a sabiendas de que eso no mejoraría la opinión que el jefe de los camareros tenía de mí, y me apresuré a salir por la puerta trasera. No tardé en llegar al número dos de Holborn Court. Una inscripción en la puerta me informó de que el señor Traddles ocupaba unas habitaciones del último piso, e inicié el ascenso. Eran unas escaleras viejas y destartaladas, débilmente iluminadas en cada descansillo por un pábilo de gruesa cabeza, que parecía agonizar en una pequeña prisión de sucio cristal.

Mientras subía tropezando las escaleras, tuve la impresión de oír alegres carcajadas; pero no eran las carcajadas de un procurador, ni de un abogado, ni de uno de sus empleados, sino de dos o tres risueñas jovencitas. Al detenerme a escuchar, sin embargo, tuve la mala suerte de meter el pie en un agujero que el Ilustre Colegio de Gray’s Inn había olvidado tapar, y me caí con cierto estrépito; cuando me puse en pie, reinaba el silencio.

Seguí avanzando a tientas con más precaución hasta llegar arriba, y los latidos de mi corazón se aceleraron cuando vi abierta la puerta donde se leía el nombre de señor Traddles. Llamé. Se oyó bastante revuelo en el interior, pero eso fue todo. De modo que llamé por segunda vez.


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