David Copperfield
David Copperfield Apareció un muchacho menudo y con aire despierto, mitad escribiente y mitad recadero, que estaba todo sofocado, pero que pareció desafiarme con su mirada a que lo probara legalmente.
–¿Se encuentra en casa el señor Traddles? –pregunté.
–SÃ, señor, pero está ocupado.
–Deseo verlo.
Después de examinarme unos instantes, el muchacho con aire despierto decidió dejarme pasar; y, abriendo más la puerta con ese propósito, me admitió primero en un recibidor del tamaño de un armario y luego en una pequeña sala, donde me encontré en presencia de mi viejo amigo (también sin aliento), sentado delante de una mesa e inclinado sobre unos papeles.
–¡Dios mÃo! –exclamó Traddles, levantando la vista–. ¡Si es Copperfield! –y se precipitó a mis brazos, con los que le abracé con fuerza.
–¿Todo bien, mi querido Traddles?
–Todo bien, mi querido, queridÃsimo Copperfield, ¡no tengo más que buenas noticias!
Los dos llorábamos de alegrÃa.