David Copperfield
David Copperfield –¡Mi querido Copperfield! –dijo Traddles, despeinándose con la excitación, algo que era totalmente innecesario–. ¡Mi querido amigo, perdido hace tanto tiempo y ahora calurosamente bienvenido! ¡Cuánto me alegro de verte! ¡Qué moreno estás! ¡Me siento tan dichoso! Nunca habÃa sido tan feliz, mi querido Copperfield, te doy mi palabra. ¡Nunca!
Yo tampoco encontraba el modo de expresar mis emociones. Al principio, ni siquiera podÃa hablar.
–¡Mi querido muchacho! –exclamó Traddles–. ¡Toda una celebridad! ¡Mi famoso Copperfield! ¡Dios mÃo! ¿Cuándo has llegado? ¿De dónde has venido? ¿Qué has estado haciendo?
Sin detenerse un instante para que yo le respondiera, Traddles, que me habÃa instalado en un sillón junto al fuego, seguÃa removiendo vigorosamente las brasas con una mano y tirando de mi corbatÃn con la otra, como si, en medio de su frenesÃ, creyera que era un sobretodo. Sin soltar el atizador, me abrazó de nuevo; y yo lo abracé a él; y, riéndonos y enjugándonos los ojos, nos sentamos a ambos lados de la chimenea y nos dimos otro apretón de manos.
–¡Pensar que estaba tan próximo tu regreso, viejo amigo, y que no has podido venir a la ceremonia! –dijo Traddles.
–¿Qué ceremonia, mi querido Traddles?