David Copperfield
David Copperfield En resumidas cuentas, fue una escena que rememoré con placer mucho rato después de regresar a mi alojamiento y de desear las buenas noches a Traddles. Si hubiera contemplado un millar de fragantes rosas en aquel apartamento del piso superior, en el marchito Gray’s Inn, éste no me habría parecido ni la mitad de alegre. La presencia de aquellas jovencitas de Devonshire entre los aburridos legajos y los despachos de procuradores y abogados; y el recuerdo del té, de las tostadas y de las canciones infantiles en aquella horrible atmósfera de grasilla y pergaminos, balduque, polvorientas obleas, tinteros, informes y borradores, actas de procesos, escrituras, declaraciones y minutas… me parecían tan fantásticos como si hubiera soñado que la fabulosa familia del sultán era admitida en la lista de procuradores y abogados e introducía en Gray’s Inn Hall el pájaro que habla, el árbol que canta y las aguas doradas. Por algún motivo, cuando me despedí de Traddles y regresé al café, me di cuenta de que el desaliento que antes sentía por mi amigo había sufrido un gran cambio. Empecé a pensar que progresaría, a pesar de todas las imposiciones de los camareros jefe de Inglaterra.