David Copperfield
David Copperfield Pero la falta de egoísmo de la pareja me pareció deliciosa. El orgullo que les inspiraban aquellas jovencitas y el modo en que se sometían a todos sus caprichos, era el testimonio más encantador que podían darme de su propia valía. En el transcurso de la velada, cada una de sus cuñadas llamó a Traddles «querido» al menos una docena de veces por hora; y le suplicaban que trajera esto, llevase lo otro, cogiera tal cosa, la dejara, encontrara tal otra o fuera a buscarla. Y tampoco sabían hacer nada sin Sophy. Si a una se le soltaba el pelo, Sophy era la única que podía arreglarlo. Si otra olvidaba una melodía, Sophy era la única capaz de tararearla sin equivocarse. Si otra quería recordar el nombre de un lugar de Devonshire, Sophy era la única que lo conocía. Si era preciso escribir a casa, Sophy era la única en quien se podía confiar para que lo hiciera al día siguiente, antes del desayuno. Si alguna tenía problemas con sus labores, Sophy era la única que sabía solucionarlo. Eran las señoras de la casa, y Sophy y Traddles estaban a sus órdenes. Me gustaría saber cuántos niños habría cuidado Sophy en su vida; pero, al parecer, era famosa porque conocía todas las canciones infantiles compuestas en lengua inglesa; y, cuando se lo pedían, cantaba docenas de ellas con la vocecita más cristalina del mundo, una detrás de otra (cada una de las hermanas reclamaba una canción diferente, y normalmente era la Beldad quien se salía con la suya). Lo cierto es que me quedé fascinado. Lo mejor de todo era que todas las hermanas, en medio de sus exigencias, sentían un profundo cariño y respeto tanto por Sophy como por su marido. Cuando me despedí, Traddles salió para acompañarme hasta el café; y creo que jamás he visto recibir semejante aluvión de besos a una cabeza con cabellos tan erizados, o de cualquier otra clase.