David Copperfield
David Copperfield Había visto a Agnes, me contó mientras se dedicaba a dicha tarea. «Tom» la había llevado de viaje de novios a Kent, y habían visitado también a mi tía; tanto Agnes como mi tía se encontraban muy bien y de lo único que habían hablado había sido de mí. Estaba convencida de que «Tom» me había llevado en su pensamiento todo el tiempo que yo había estado fuera. «Tom» era una autoridad en todo. «Tom» era evidentemente el ídolo de su vida, y nada podría derribarlo de su pedestal; ella siempre creería en él y, sucediera lo que sucediera, le rendiría homenaje con toda la fe de su corazón.
Me gustó mucho la deferencia con la que tanto ella como Traddles trataban a la Beldad. No es que me pareciera muy razonable, pero sí encantador y característico de ambos. No me cabe la menor duda de que, si Traddles echaba en algún momento de menos las cucharillas de plata que aún tenía que ganar, era cuando pasaba el té a la Beldad. Si su adorable esposa hubiera sido capaz de presumir de algo, habría sido porque era hermana de la Beldad. Me di cuenta de que ciertos indicios de un temperamento mimado y caprichoso que advertí en la Beldad eran considerados por Traddles y su mujer como algo a lo que tenía derecho por nacimiento y como un don natural. Si ella hubiera nacido abeja reina y ellos abejas obreras, no habrían podido estar más convencidos de eso.