David Copperfield
David Copperfield –¡Oh! ¡Veo que no eres muy objetivo! –se rió Traddles–. Pero lo cierto es que mi situación no puede ser más envidiable. Trabajo de firme y estudio derecho de forma exhaustiva. Me levanto a las cinco de la mañana, y no me supone ningún esfuerzo. Oculto a las niñas durante el dÃa y me divierto con ellas por la noche. No sabes cuánto lamento que se vayan el martes, la vÃspera del inicio del trimestre de San Miguel.[123] Pero –exclamó mi amigo, elevando la voz–, ¡aquà están las niñas! ¡Señor Copperfield, señorita Crewler… señorita Sarah… señorita Louisa… Margaret y Lucy!
ParecÃan un hermoso ramillete de rosas, tan frescas y tan lozanas. Todas eran bonitas, y la señorita Caroline era una beldad; pero habÃa una alegrÃa, una dulzura y una franqueza en la mirada expresiva de Sophy que resultaban mucho más valiosas, y que me confirmaron que mi amigo no se habÃa equivocado en su elección. Nos sentamos todos al amor de la lumbre; mientras el muchacho con aire despierto, que sin duda se habÃa quedado sin aliento por la precipitación con que habÃa sacado los papeles, volvÃa a guardarlos y traÃa el juego de té. Luego se retiró hasta el dÃa siguiente, cerrando con estrépito la puerta. Después de preparar el té, la señora Traddles, con una mirada hogareña y serena que resplandecÃa de júbilo, empezó a tostar tranquilamente el pan, sentada en un rincón de la chimenea.