David Copperfield

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–A escasas millas de Bury St Edmunds, señor –replicó el señor Chillip–. Mi mujer heredó de su padre una pequeña propiedad en esa zona y yo me hice con un consultorio; le alegrará oír que las cosas me van bien. Mi hija se ha convertido en una jovencita muy alta –dijo, con un nuevo movimiento de cabeza–. La semana pasada, su madre tuvo que sacar el dobladillo a todos sus vestidos. ¡Cómo pasa el tiempo, señor!

Al ver que se llevaba el vaso vacío a los labios mientras hacía esta reflexión, le propuse que tomara otro jerez caliente en mi compañía.

–No es algo que suela hacer, señor –respondió con su lentitud habitual–, pero no puedo privarme del placer de su conversación. Parece que fue ayer cuando tuve el honor de atender su sarampión. ¡Se portó usted admirablemente!

Agradecí su cumplido y pedí el vino, que nos sirvieron en seguida.

–¡Es realmente un exceso! –exclamó el señor Chillip, mientras lo removía–. Pero la ocasión es tan extraordinaria que no puedo oponerme. ¿Tiene usted hijos, señor?

Respondí que no con la cabeza.

–Me enteré hace algún tiempo de que había perdido a un ser querido –afirmó el señor Chillip–. Me lo dijo la hermana de su padrastro. Una mujer de mucho carácter, ¿no es cierto, señor?


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