David Copperfield

David Copperfield

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Me acerqué a una ventana y miré, al otro lado de la antigua calle, las casas que con tanta frecuencia había contemplado en las tardes lluviosas cuando me instalé allí; y recordé cómo me gustaba hacer conjeturas sobre las personas que se asomaban a sus ventanas, y cómo las seguía con la mirada mientras subían y bajaban las escaleras, e incluso en la calle, donde las mujeres andaban acompañadas del golpeteo de sus zuecos, y donde la lluvia caía sin cesar de través y salía en tromba del lejano canalón, inundando la calle. Y volvió a invadirme con toda su fuerza el sentimiento que experimentaba cuando veía a los vagabundos atravesar cojeando la ciudad, aquellos anocheceres de lluvia, con sus hatillos al hombro; y volví a oler, al igual que entonces, la tierra mojada, las hojas húmedas y las rosas silvestres, y a sentir sobre mí los mismos vientos que habían soplado en mi largo y fatigoso viaje.

El ruido de la pequeña puerta en la pared con paneles de madera me sobresaltó, y me di la vuelta. Sus hermosos y serenos ojos tropezaron con los míos. Ella se detuvo, y se llevó la mano al pecho; la cogí en mis brazos.

–¡Agnes! ¡Querida mía! He llegado demasiado de improviso.

–¡No, no! ¡Me siento tan dichosa de verte, Trotwood!


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