David Copperfield
David Copperfield –Mi querida Agnes, ¡qué alegría tan grande verte de nuevo!
La estreché contra mi corazón y, durante unos instantes, permanecimos en silencio. Luego nos sentamos, el uno junto al otro; y su rostro angelical se volvió hacia mí con la expresión de bienvenida con la que había soñado, día y noche, todos aquellos años.
Era tan leal, tan hermosa, tan buena… y yo tenía tanto que agradecerle, y la quería tanto, que era incapaz de verbalizar lo que sentía. Intenté bendecirla, darle las gracias, decirle (como había hecho a menudo en mis cartas) cuán grande era la influencia que había ejercido sobre mí; pero todos mis esfuerzos resultaron vanos. Mi amor y mi alegría eran mudos.
Con su dulce serenidad, calmó mi agitación; me condujo hasta el momento de nuestra separación; me habló de Emily, a quien había visitado en secreto muchas veces; y mencionó con ternura la tumba de Dora. Con el instinto infalible de su noble corazón, hizo vibrar las cuerdas de mi memoria tan dulce y armoniosamente que ninguna de ellas se resintió; y pude escuchar su música lejana y triste sin retroceder ante nada de lo que ella evocaba. ¡Y cómo iba a hacerlo cuando, unida íntimamente a todo, se encontraba ella, tan querida para mí, el ángel bueno de mi vida!