David Copperfield
David Copperfield –¿Y tú, Agnes? –dije al fin–. Háblame de ti. ¡Apenas me has contado nada de tu vida en todo este tiempo!
–¿Y qué iba a contarte? –contestó con su radiante sonrisa–. Papá está bien. Vivimos muy tranquilos, recuperamos nuestro viejo hogar, nuestras inquietudes se disiparon… y, sabiendo eso, querido Trotwood, ya lo sabes todo.
–¿Todo, Agnes? –inquirÃ.
Ella me miró, con una sombra de extrañeza en el rostro.
–¿No tienes nada más que contarme, hermana? –dije.
Sus mejillas, que habÃan palidecido, volvieron a encenderse para después palidecer de nuevo. Sonrió, aunque percibà en ella cierta tristeza, y movió negativamente la cabeza.
Yo habÃa pretendido que ella me hablara del asunto al que mi tÃa habÃa aludido; pues, por muy penoso que fuera para mà recibir esa confidencia, debÃa disciplinar mi corazón y cumplir mi deber hacia ella. ComprendÃ, sin embargo, que ella se sentÃa turbada y no insistÃ.
–¿Tienes mucho trabajo, Agnes?
–¿Con el colegio? –exclamó, mirándome otra vez con su calma luminosa.
–SÃ. Es una tarea ardua, ¿verdad?