David Copperfield

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–Resulta tan amena –respondió– que llamarla así sería ingrato por mi parte.

–Nada bueno te parece difícil –dije.

Agnes enrojeció y palideció de nuevo; y, cuando bajó la cabeza, volví a advertir en ella su triste sonrisa.

–¿Te quedarás a ver a papá y pasarás el día con nosotros? –preguntó Agnes, alegremente–. Podrías dormir en tu antigua habitación. Siempre le damos ese nombre.

Me era imposible, pues había prometido regresar a casa de mi tía aquella misma noche; pero estaría encantado de pasar el día con ellos.

–Ahora estaré prisionera durante un rato –dijo Agnes–, pero aquí están los viejos libros, Trotwood, y la vieja música.

–Tampoco faltan las viejas flores –señalé, mirando a uno y otro lado–, o al menos unas iguales.

–En tu ausencia –respondió Agnes, sonriendo–, he querido conservarlo todo como cuando éramos niños. Creo que fueron unos años muy felices.

–¡Bien lo sabe Dios! –exclamé.


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