David Copperfield

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–Y todos los pequeños detalles que me han recordado a mi hermano –afirmó Agnes, mirándome alegremente con sus dulces ojos– han sido una grata compañía. Incluso éste –añadió, señalando el cestito repleto de llaves que seguía llevando en el costado– ¡parece tintinear una vieja melodía!

Sonrió de nuevo, y salió por la misma puerta por la que había entrado.

Yo debía guardar con celo religioso aquel cariño fraternal. Era lo único que me quedaba, y era un tesoro. Si algún día sacudía los cimientos sagrados de la confianza y del hábito sobre los que reposaba, lo perdería para siempre. Era algo que bajo ningún concepto podía olvidar. Cuanto más amara a Agnes, más debía recordar ese peligro.

Paseé por las calles; y, al ver de nuevo a mi viejo adversario el carnicero, que ahora era agente de policía y tenía su porra colgada en la tienda, me dirigí al lugar donde me había enfrentado con él; y empecé a pensar en la señorita Shepherd y en la mayor de las señoritas Larkins, y en todos los caprichos, simpatías y antipatías de aquellos tiempos. Agnes era lo único que parecía haber sobrevivido de ese pasado, y era una estrella cada vez más luminosa en mi firmamento.


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