David Copperfield

David Copperfield

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Cuando regresé, el señor Wickfield había vuelto a casa. Tenía un huerto a dos millas de la ciudad, donde trabajaba casi todos los días. Lo encontré tal como mi tía me había descrito. Nos sentamos a comer con media docena de niñas; y el señor Wickfield parecía la sombra de su hermoso retrato en la pared.

La tranquilidad y el sosiego que siempre había asociado con aquel apacible lugar lo impregnaron de nuevo. Cuando terminó el almuerzo, como el señor Wickfield no tomaba vino y yo no quise beber nada, nos dirigimos al piso de arriba, donde Agnes y sus pequeñas discípulas cantaron, tocaron el piano e hicieron sus tareas. Después del té, las niñas se marcharon; y los tres nos quedamos hablando de los viejos tiempos.

–El papel que yo representé en ellos –dijo el señor Wickfield, moviendo su blanca cabeza– no puede sino llenarme de tristeza… de profunda tristeza y arrepentimiento, Trotwood, como bien sabes. Pero, aunque estuviera en mi mano, no borraría ese pasado.

No me cabía la menor duda, viendo el rostro que tenía al lado.

–Pues desaparecería con él –prosiguió– tanta paciencia y devoción, tanta lealtad y tanto amor filial, que no debo olvidarlo jamás, ni siquiera para olvidarme de mí mismo.

–Le comprendo, señor –dije con dulzura–. Siempre he sentido veneración por esos años.


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