David Copperfield
David Copperfield –Está bien –continuó Steerforth–. El dinero tiene que durar lo máximo posible; asà que ya basta. Haré por ti cuanto esté en mi mano. Tengo autorización para salir de aquà siempre que lo deseo y pasaré las vituallas de contrabando.
Y, después de decir estas palabras, se metió el dinero en el bolsillo y me pidió que no me preocupara, que él se encargarÃa de cuidarlo.
Steerforth cumplió lo prometido; pero yo tenÃa mis dudas de que aquello estuviera bien, pues temÃa haber malgastado las dos medias coronas de mi madre, a pesar de haber conservado como un tesoro el papel que las envolvÃa. Cuando subimos a acostarnos, mi nuevo amigo me enseñó lo que habÃa conseguido con mis siete chelines y lo colocó encima de la cama, a la luz de la luna.
–Toma, joven Copperfield –exclamó–. ¡Un banquete digno de un rey!
Me tembló la mano sólo de pensar que, a mi corta edad y estando Steerforth presente, tenÃa que hacer los honores de la fiesta. Le rogué que presidiera la reunión y, como otros muchachos del dormitorio respaldaron mi petición, él accedió y se sentó sobre mi almohada, repartiendo las viandas –con perfecta equidad, debo decir– y sirviendo el licor de grosellas en una pequeña copa sin pie, de su propiedad. Yo me senté a su izquierda, y los demás se agruparon en torno, sentados en las camas más cercanas y en el suelo.