David Copperfield
David Copperfield –¿Cuánto dinero tienes, Copperfield? –inquirió, mientras caminaba junto a mÃ, una vez dictada su sentencia.
Le dije que siete chelines.
–Es mejor que te los guarde yo –exclamó–. Aunque sólo si quieres, por supuesto. No estás obligado.
Me apresuré a aceptar su amistosa sugerencia y, abriendo el monedero de Peggotty, lo vacié en su mano.
–¿Deseas gastar algo ahora? –quiso saber.
–No, gracias –repuse.
–Puedes hacerlo si quieres –dijo Steerforth–. No tienes más que decÃrmelo.
–No, gracias, señor –repetÃ.
–Tal vez te gustarÃa gastar un par de chelines en una botella de licor de grosella, y beberla más tarde –dijo–. Creo que estás en mi dormitorio.
No se me habÃa ocurrido antes, pero le dije que sÃ, que me encantarÃa hacerlo.
–Muy bien –afirmó–. Apuesto a que también quieres gastar otro chelÃn en pasteles de almendra…
Le dije que sÃ, que también me gustarÃa.
–Y otro chelÃn en galletas, y otro en frutas, ¿no es cierto? –insistió–. Vaya, joven Copperfield; todo te apetece.
Sonreà porque él sonrió, pero no pude evitar sentirme algo inquieto.