David Copperfield
David Copperfield Y después me preguntó toda clase de detalles tanto sobre mà como sobre mi familia.
Fue una verdadera suerte que Traddles llegara antes que los demás. Mi cartel le divirtió tanto que me ahorró la disyuntiva de mostrarlo o esconderlo.
–¡Mirad aquÃ! –gritaba a todos los muchachos que entraban, grandes o pequeños–. ¡Parece una broma!
Por fortuna, también, la mayorÃa de los niños volvieron muy apesadumbrados y se rieron menos de mà de lo que yo habÃa esperado. Es cierto que algunos bailaron a mi alrededor como indios salvajes, y que casi todos cayeron en la tentación de simular que yo era un perro; y me daban palmaditas y me acariciaban para que no les mordiera, al tiempo que decÃan: «¡Échate, fiera!». Como es natural, me sentÃa muy avergonzado entre tantos desconocidos y derramé algunas lágrimas; pero, en conjunto, no fue tan terrible como habÃa imaginado.
Con todo, no me consideraron oficialmente admitido en el colegio hasta la llegada de J. Steerforth. Me condujeron ante ese muchacho, un alumno excelente, muy bien parecido y al menos seis años mayor que yo, como si se tratara de un verdadero juez. Me preguntó, bajo un cobertizo del patio, el motivo de mi castigo y tuvo la amabilidad de declarar que, en su opinión, habÃan cometido una «terrible infamia» conmigo, algo por lo que siempre le estaré reconocido.