David Copperfield
David Copperfield –Perfectamente –repuso Traddles.
–Y, sin embargo, si leyeras su carta, verÃas que es el más compasivo de los hombres con los presos condenados por toda clase de crÃmenes –dije–; aunque no veo que su compasión se extienda a las demás criaturas vivientes.
Traddles se encogió de hombros, sin mostrar el menor asombro. No es que hubiera esperado que se sorprendiera, pues tampoco yo lo habÃa hecho; habÃa visto demasiadas sátiras sociales por el estilo. Los dos fijamos el dÃa y, en consecuencia, escribà al señor Creakle aquella noche.
La fecha de nuestra visita –creo que fue al dÃa siguiente, pero carece de importancia–, Traddles y yo nos dirigimos a la prisión donde el señor Creakle era todopoderoso. Era un edificio inmenso, de sólido aspecto, que habÃa costado una fortuna. No pude evitar pensar, mientras nos acercábamos a la verja de entrada, en el alboroto que se habrÃa armado en el paÃs si algún iluso hubiera propuesto que se gastara la mitad de ese dinero en edificar una escuela industrial para jóvenes o un asilo para ancianos, que tanto lo necesitaban.