David Copperfield
David Copperfield Pensaba que Traddles se sorprenderÃa, pero no se inmutó.
–¿Cómo habrá conseguido convertirse en un magistrado de Middlesex? –inquirÃ.
–¡Sabe Dios! –replicó–. SerÃa muy difÃcil responder a esa pregunta. Es posible que votara a alguien, o prestara dinero a alguien, o comprase algo a alguien, o hiciera algún favor a alguien, o trabajase de forma esporádica para alguien que, a su vez, conociera a alguien capaz de lograr que el gobernador de la región le nombrara para ese cargo.
–En cualquier caso, ahora es magistrado –exclamé–. Y ha escrito para decirme que le alegrará mostrarme, en funcionamiento, el único sistema eficaz de disciplina carcelaria; el único método infalible para lograr conversiones y arrepentimientos sinceros y duraderos. Se refiere, como bien sabes, al confinamiento en solitario. ¿Qué opinas?
–¿Del sistema? –preguntó Traddles, muy serio.
–No. De aceptar su ofrecimiento y venir conmigo.
–No tengo inconveniente –contestó Traddles.
–Entonces le escribiré para comunicárselo. ¿Te acuerdas de que ese mismo Creakle (por no hablar del modo en que nos trataba) echó a su propio hijo de casa? ¿Te acuerdas de lo desgraciadas que hacÃa a su mujer y a su hija?