David Copperfield

David Copperfield

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«Mi querido Traddles –pensé yo–, llegues donde llegues, siempre harás cosas divertidas y agradables».

–A propósito –dije en voz alta–, supongo que ya nunca dibujas esqueletos, ¿no?

–Para serte sincero –contestó Traddles, riéndose y enrojeciendo–, no puedo negarlo rotundamente, mi querido Copperfield. El otro día, mientras estaba en uno de los últimos bancos de King’s Bench, con una pluma en la mano, se me ocurrió comprobar si había conservado aquel talento. Y mucho me temo que hay un esqueleto, con peluca, en un estante del pupitre.

Después de reírnos a carcajadas, Traddles miró el fuego con una sonrisa y concluyó exclamando con su habitual indulgencia: «¡El viejo Creakle!».

–He recibido una carta de ese viejo… rufián –dije, pues jamás había sentido menos deseos de perdonar el modo en que éste había pegado a Traddles que cuando vi a mi amigo dispuesto a hacerlo.

–¿De Creakle? ¿El director del internado? –preguntó Traddles–. ¡No!

–Entre las personas que se sienten atraídas por mi creciente fama y fortuna –respondí, echando una ojeada a mis cartas–, y que descubren de pronto que siempre me quisieron mucho, está el mismísimo Creakle. Ya no dirige un colegio, Traddles. Se ha retirado. Ahora es magistrado en Middlesex.


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