David Copperfield
David Copperfield Sin embargo, oí hablar tantas veces, en el curso de nuestras idas y venidas, de un cierto número Veintisiete, que era el favorito y parecía ser un prisionero verdaderamente modélico, que decidí suspender mi juicio hasta haberlo visto. Creí entender que el Veintiocho era también una estrella muy resplandeciente; pero, para su desgracia, el extraordinario brillo del Veintisiete reducía la intensidad de su gloria. Nos contaron tantas cosas del Veintisiete, de los bondadosos consejos que daba a cuantos le rodeaban, de las hermosas cartas que escribía constantemente a su madre (de la que no parecía tener muy buena opinión), que llegué a estar impaciente por conocerlo.
Sin embargo, tuve que reprimir mi impaciencia, pues habían reservado al Veintisiete para el final. Pero al fin llegamos a la puerta de su celda; y el señor Creakle, después de mirar por un pequeño agujero, nos anunció, con la mayor admiración, que se hallaba leyendo un libro de himnos religiosos.