David Copperfield
David Copperfield –SÃ, señor; muchas gracias –dijo Uriah Heep, mirando en su dirección–. Jamás habÃa estado mejor. Ahora me doy cuenta de mis locuras, señor. Por eso me encuentro tan bien.
Algunos de los caballeros se emocionaron profundamente; uno de ellos se abrió paso hasta la primera fila y le preguntó muy conmovido:

Me enseñan a dos interesantes penitentes
–¿Qué le parece la carne de vaca?
–Gracias, señor –contestó Uriah, mirando ahora en la dirección de la voz–, ayer estaba más dura de lo que hubiera deseado; pero mi obligación es resignarme. He cometido locuras, señores –prosiguió, escudriñando cuanto le rodeaba con una sonrisa de sumisión–, y ahora debo cargar con las consecuencias sin quejarme.
Cuando se apagó el murmullo general que habÃa levantado no sólo la disposición angelical del Veintisiete, sino también la indignación contra el cocinero que habÃa dado lugar a semejante queja (y al que el señor Creakle envió inmediatamente una nota), el número Veintisiete seguÃa en medio de nosotros, como si creyera ser el objeto más precioso de un importante museo. Con el fin de que nosotros, los neófitos, nos sintiéramos deslumbrados por el exceso de luz, se dio la orden de sacar de su celda al número Veintiocho.